Oriente Envenenado

Por: Natalia Zuluaga Valencia

Muerte, destrucción, llanto, desolación… es lo que dejan los químicos después de pasar por la región. El Oriente antioqueño, lugar de magia, agua y montañas, de gente trabajadora, agrícola, ganadera, ceramista, de gente que se preocupa por lo suyo, pero que permitió la llegada de los agrotóxicos.

Para muchos no es un secreto que la agricultura ha cambiado bastante desde sus inicios, pasando de las prácticas ancestrales a la agricultura convencional que depende de productos químicos para producir riqueza. Esto debido a el modelo económico y de producción que se empezó a implementar en el mundo. Pero ¿hasta qué punto hemos llegado? ¿Estamos dispuestos a envenenar escuelas, ríos, casas y suelos? ¿Seguiremos envenenando nuestro cuerpo con el aire y el alimento intoxicado que respiramos y comemos?

Presentando un panorama más específico sobre el tema, es importante señalar que sólo en El Carmen de Viboral existen 450 floricultivos que esparcen altas cantidades de agrotóxicos. Por otra parte, los cultivos de papa, zanahoria, cilantro, frijol y demás hortalizas utilizan en su mayoría insecticidas y fungicidas, agrotóxicos de categoría 1 y 2, para el control de plagas. La UMATA, al ser la dependencia municipal encargada de la asistencia técnica agropecuaria, hace campañas de recolección y capacitaciones para el fortalecimiento de la agricultura familiar y producciones limpias, sin embargo su personal es limitado y no puede llegar a todo el municipio. Las personas que no pueden acceder a estos programas no les dan el manejo adecuado a estos productos, causando así el deterioro de la tierra, el alimento, y el cuerpo que lo trabaja y lo consume.

El carmen tiene floricultivos tan cerca de sus casas y escuelas que el olor de los químicos impregna los salones y las salas de las casas; las fuentes hídricas están contaminadas con estos productos o con sus residuos, y la mayoría de carmelitanos, tristemente, arriesgan su salud trabajando con estas empresas a las que solo les importa producir pero no dignificar la vida.

Es importante comprender que a estas problemáticas hay que encontrarles solución, empezando por los pequeños cambios se pueden lograr grandes cosas. De este tipo de contingencias nacen iniciativas alternativas que se han gestado para producir alimentos libres de agrotóxicos. El trabajo de Don Carlos en Hojarasca, de Don Israel en la finca Buenaventura y de Don Hernán en su casa la Chapa, son propuestas que no solo se preocupan por la producción, sino también por enseñar a otras personas para que retomen sus raíces y la forma responsable de trabajar la tierra. Son maneras revolucionarias de producir alimento, demostrando que no solo las grandes empresas tienen la razón.

Entendamos entonces, haciendo uso de la inteligencia que hemos heredado de nuestros ancestros, que la tierra tanto como el campesino merecen respeto, que es el agua fuente indispensable de vida y que las manos que trabajan el campo son el futuro de nuestra soberanía alimentaria.






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