Memoria viva: la dignidad de recordar a los nuestros

Por: Johan Higuita, investigador de la Corporación La Tulpa Comunitaria

“Porque hay y ha habido quien creyó y cree que, asesinando personas, asesina también los pensamientos y los sueños que en veces son palabras y en veces son silencios. Quien así cree en realidad teme. Y su temor adquiere el rostro del autoritarismo y la arbitrariedad. Y en la resaca de la sangre busca la máscara de la impunidad y el olvido. No para que todo quede atrás, sino para asegurarse de que podrá de nuevo hacer actuar su temor sobre los que le son diferentes.”

Subcomandante Marcos, carta a la digna Argentina, marzo de 2001.

 

Al Movimiento Cívico del Oriente Antioqueño poderes oscuros y alianzas mafiosas en la región buscaron borrarlo de un plumazo: aniquilar la diferencia, exterminar su proyecto político, aterrorizar sus bases sociales y decapitar la dirigencia de la organización regional a partir de la estigmatización, la persecución y el asesinato de sus principales líderes. Las fuerzas oscuras de siempre, las que han manejado a su antojo y heredado los hilos del poder en Colombia, ordenaron su exterminio inmisericordemente a manos de sicarios y bandas paramilitares.

Estas comunidades rebeldes del Oriente habían osado salirse del molde tradicional que durante años habían fabricado e impuesto sobre ellas los políticos y gamonales. Una vieja y sucia práctica a la que han estado ancladas las élites del país, edificando un orden autoritario que no gusta del juego limpio de la democracia. Una sucia práctica que hasta el día de hoy persiste, y que continúa aplicándose de manera sistemática para contener las posibilidades de cambio. En tan solo 10 meses del 2018 se cuentan más de 300 líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados. De nuevo se prenden las alarmas sobre una realidad que no es nueva, y que más bien parece el reencauche del mismo guión de la guerra que busca a toda costa enrolar al país en una nueva confrontación.

El Movimiento Cívico del Oriente Antioqueño, plantean reconocidos investigadores como Orlando Fals Borda, Clara Inés García y Pedro Santana, fue una de las experiencias de organización popular y movilización social con un carácter regional más significativas en Colombia durante la década de 1980. Con la violencia la amnesia obligatoria y el silencio se impusieron, y después de exterminar físicamente al movimiento se buscó también eliminarlo de la historia, condenarlo al completo olvido. En lo nacional algunas personas recordarán, si acaso, el genocidio político que sufrieron otras organizaciones y movimientos alternativos y/o de izquierda como la Unión Patriótica, ¡A Luchar!, Esperanza Paz y Libertad, y el Concejo Regional Indígena del Cauca (sólo por mencionar algunos); pero al Movimiento Cívico casi que se le ha desconocido completamente, su memoria está por reconstruir y su exterminio por esclarecer. Frente a una historia oficial que engaña e impone su versión, es necesaria una memoria popular que resista y amplíe las perspectivas de mundos posibles.

En el Oriente Antioqueño, desde el 2013 hacia acá, muchos y muchas nos negamos a olvidar: jóvenes, estudiantes, sobrevivientes, mujeres, volcaron su mirada al pasado para reconstruir los hechos, para entablar un diálogo con los mayores y los “muertos” rescatando la esperanza del olvido. En esta labor de labrar la memoria han sido vitales experiencias juveniles como las del Colectivo Sin Esquemas de Marinilla y el proceso La Tulpa Comunitaria de La Unión, o la organización jalonada por los sobrevivientes y amigos del movimiento agrupados en la organización COMCREAR (Corporación Movimiento Cívico Ramón Emilio Arcila).

Fruto de estos esfuerzos de memoria, fue posible que en el presente año se diera una ganancia importante: que el Estado reconociera que en el Oriente Antioqueño se fraguó un exterminio sistemático, provocando un verdadero genocidio político de la alternativa que emergía con fuerza de la organización popular gracias al Movimiento Cívico, movimiento que además recogía la trayectoria de más de dos décadas de luchas sociales (1960-1970) que traían las comunidades orientales en contra de lo que hoy llamamos extractivismo, que es el mismo modelo económico de desarrollo impuesto, que piensa los territorios desde afuera y desde arriba para intereses ajenos a los de sus habitantes y protectores, y que no tiene ningún tipo de consideración con la destrucción de los bienes comunes.

Así la Unidad Especial para la Atención y Reparación a las Víctimas emitió la resolución 2018-529 durante enero del presente año, donde reconoce el exterminio del Movimiento Cívico y además se le reconoce como sujeto de reparación colectiva por ser víctima colectiva en el marco del conflicto armado colombiano. Allí se plantea por ejemplo que al menos 250 integrantes del movimiento, entre los líderes y las bases sociales, fueron asesinados, dicho documento reconoce que los y las integrantes del movimiento sufrieron hechos victimizantes como “homicidios, torturas, desplazamientos forzados, allanamientos, amenazas contra la vida, retenciones ilegales y persecución”.

Esto ha significado una ganancia importante en términos del reconocimiento institucional y desde la oficialidad. Sin embargo, más importantes aún son los procesos que se han venido gestando en la región a partir del encuentro con la memoria. Una experiencia indiscutible en esta dirección ha sido la del Movimiento Social por la Vida y la Defensa  del Territorio (MOVETE), quien ha continuado el legado de organización comunitaria, articulación regional y defensa del territorio que dejó acumulado el Movimiento Cívico, una experiencia real de memoria viva, de una memoria que se narra desde la acción, desde la lucha, desde el hacer, que disputa la versión sobre el pasado como un punto de partida para construir otras alternativas de futuro que permitan superar la crisis civilizatoria en la que indudablemente nos encontramos.

Hoy que el manto amenazador de la muerte recae de nuevo sobre las inermes voces que se levantan para seguir denunciando las injusticias y los atropellos, es fundamental recrear la memoria, una memoria viva que se niega al olvido no desde la simple pretensión investigativa o el interés de encerrar el relato en los museos, sino como eje central en las luchas sociales y cívicas del ahora, como una pedagogía, como un horizonte y un punto de partida para los movimientos sociales. Es decir, el reconocimiento de un acumulado popular importante en la región que si pasa por los ojos de la memoria puede abrir grandes perspectivas de futuro, siempre y cuando entendamos que la experiencia que nos legan no son más que los hombros sobre los cuales podremos apoyarnos.  

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